Errores, por G. de Galatea.

“Una persona que nunca ha cometido un error, nunca intenta nada nuevo” (A. Einstein).

Vivimos en una sociedad donde el error es condenado, acusado de todos los males. Equivocarse es considerado lo peor que te puede pasar porque no estamos acostumbrados a aprender. Es difícil aceptar que las cosas no salen siempre como uno quiere porque estamos convencidos de que no hay otra opción posible o viable, que aquella que teníamos pensada es la única.

¿Pero no es mejor buscar una buena alternativa, otra opción, y darnos una oportunidad para aprender y no hundirse en nuestra propia sensación de fracaso? ¿Dónde nos lleva esta actitud? A un aumento del malestar, a vivir esta situación como un fracaso insalvable y a hacernos sentir culpables de eso que quizá no podíamos controlar, que a lo mejor tenía que ser de esa forma porque era lo que entonces tocaba… No se trata de resignación, ¡ni mucho menos! La resignación tampoco permite aprender. Se trata de ‘re-situarse’ a partir del error cometido, de poder ver desde la racionalidad dónde nos hemos caído y poder ver el nuevo camino por dónde pasar la próxima vez y evitar volvernos a encallar. Esto es aprender y nos estimula a seguir hacia adelante, a intentar ser mejores.

Hace falta tener la mirada más amplia, saber alejarnos lo suficiente para ver el error con perspectiva (ya que si nos mantenemos dentro o demasiado cerca, posiblemente nos bloquee y nos mantenga atrapados, sin capacidad para pensar claramente) y, sobretodo, querer seguir hacia adelante, viviendo con nuevas experiencias en la mochila y nuevas estrategias. La vida es un continuo aprendizaje y sólo quien está dispuesto a impregnarse de todo lo que pasa la vive plenamente y con ganas de intentar superar siempre un nuevo reto que significa el mañana.

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